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Así como dignamente prevalece esta estructura del palacio de Bellas Artes, que hoy sirve de sede definitiva a la Procuraduría de la Administración, que se honra en ocuparla, así también prevalecen los sellos del tesón, la alegría y la visión con que se va armando la obra del futuro, obra que hoy, dignificando el pasado, se yergue ante nosotros con la misma hidalguía, fuerza y optimismo de quienes la forjaron.
Así se premió la mejor cantata alusiva a la fecha; el diseño del escudo que mejor representara el Descubrimiento del Mar del Sur, por Vasco Núñez de Balboa. El “Canal Record”, en su edición del 5 de noviembre de 1913, precisa que el artista colombiano R. Ron Escandón, quien residía en Costa Rica, se hizo merecedor a un premio de doscientos balboas por el mejor trabajo.
No sólo en el recuerdo, sino en el celo de quienes han tenido la responsabilidad de atesorarla, existe una prueba más de esa mística y cariño por la patria con que se fueron concibiendo todos los aspectos relacionados con el certamen y con las estructuras que le servirían de recinto y que en su justo orgullo por la obra, sus gestores denominaron “Palacios”. Igualmente, fue autorizada una emisión de ocho sellos postales destinados a ser utilizados por primera vez, el primero de marzo de 1915, dedicados exclusivamente a la exposición y que llevaban impreso “Exposición de Panamá, 1915”.
La emisión de medio centésimo se ilustró con el color verde olivo, con la fotografía del Salto de La Chorrera; el sello correspondiente a dos centésimos, con al escena del descubrimiento del Mar del Sur, por Vasco Núñez de Balboa; el de dos y medio centésimos, con la Catedral de la antigua Panamá; el de tres centésimos fue dedicado al Palacio de Bellas Artes, y el de veinte centésimos, con una vista del Arco Chato. A la apertura del Canal de Panamá, le fueron dedicados los sellos de uno, cinco y diez centésimos. Hoy los reproducimos en este documento como un homenaje a todos los que forjaron esta historia y a quienes fueron capaces de conservarla intacta, para beneficio de todos los ciudadanos.
Durante 80 años, panameños y visitantes hemos transitado diariamente por estas calles que antes fueron los caminos para recorrer la Exposición Nacional de Panamá; por este barrio calificado como “predio rural”, denominado “El Hatillo”. Nuestra mente, saturada de los retos que diariamente nos impone la vida, no debe “seguir de largo”, indiferente a esta parte esencial de nuestra historia que, sólo con levantar los ojos y el espíritu, nos está hablando de tiempos de voluntad política, de tenacidad, de credibilidad y de amor por los hombres y mujeres ante promesas que rebasaron con hechos la crítica infundada.
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El día 6 de febrero de 1916 fue el histórico acontecimiento, al que asistieron los alumnos de las escuelas públicas de la capital, acompañados de las bandas de música del Hospicio de Huérfanos, el cuerpo de Bomberos y la Policía Nacional con sus respectivas bandas. No menos de 11,000 personas asistieron a este trascendental acto. A las 4:30 p.m. el Presidente de la República declaró inaugurada oficialmente la Exposición Nacional. |
Este edificio es más, mucho más que una estructura levantada a pesar de los indiferentes; es un testimonio vivo de los panameños que se impusieron la tarea de traer el mundo hasta Panamá, para presentarle la fuerza moral de nuestro pueblo.
Aquí, en el propio istmo, la pupila del mundo se posó sobre nuestra flora tropical, para cuyo examen fue contratado el universalmente reconocido botánico H. Pittier, que se encargó de recolectar las distintas clases de madera existentes en nuestro país. En entomólogo James Zerek fue recomendado para formar una colección lo más completa posible de insectos, reptiles, peces, moluscos, y otras especies panameñas.
La historia del Palacio de Bellas Artes, es la Historia de la Exposición Nacional de Panamá, que dignifica el Descubrimiento del Mar del Sur, que somos nosotros, con todo lo que de amor, sudor y sangre conlleva el arribo del Adelantado del Mar del Sur, Vasco Núñez de Balboa.
Honramos aquí a nuestros ancestros visionarios, que con martillo, clavo y corazón fueron yunque y escuela para andamiar la patria; sentimos vibrar aquellas voces que se alzaron para saludar un esfuerzo sin precedentes.
El paso firme de los estudiantes, bomberos y policías, con sus respectivas bandas musicales, partieron a las cuatro de aquella tarde hasta los terrenos de la Exposición, para protagonizar también el triunfo dela obra. Y allí estaba, de pie, en el balcón del Palacio de Gobierno, el Presidente de la República, el doctor Belisario Porras, declarando a las cuatro y media de la tarde, inaugurada oficialmente la Exposición Nacional. La enseña patria se enarboló esa tarde, antesala de aquella noche casi mágica en que a las ocho anunciaron que las puertas de todos los edificios estaban abiertas al público, que hasta las once de la noche celebraría con retretas y fuegos artificiales el magno acontecimiento.
Aquí se expuso lo más granando del arte nacional. Aquí como lo sintió el presidente Porras, exhibimos “nuestras posibilidades, al mostrarles a los pudientes de todo el mundo las oportunidades que brinda nuestro suelo y los anhelos de progreso que palpitan en los corazones panameños”.
Ocho mil luces se encendieron aquella noche e iluminaron este mismo cielo que hoy nos cobija ochenta años después. Sus forjadores, no andaban lejos de visualizar, que esa claridad tocaría también los umbrales del Tercer milenio, siglo que anuncia su alborada como un compromiso de transparencia permanente de quienes asumimos las tareas de Estado, para concluirlas y empinarnos hacia lo que prevalece: el respeto de aquellos que hayan puesto en nuestras manos su pasado, su presente y su futuro, es decir, su historia, porque fuimos capaces de engrandecerla y mostrárselas con la jerarquía de sus protagonistas.
Panamá, 25 de octubre de 1996.
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